domingo, 5 de junio de 2011

Halo Mister


Acabo de tener una de las experiencias más impactantes de mi vida. Vengo de la antigua ciudad de Batavia, corazón de la colonia holandesa en Indonesia, es donde se concentraba el poder del imperio holandés. Hoy en día se conoce como Kota y es un distrito decadente situado en el Norte de la Isla de Java, junto al puerto de Yakarta.
Me levanto pronto, 07:00. Emocionado por descubrir nuevas formas y colores no llego a terminar el desayuno. No tengo hambre, tengo impaciencia.

¿Qué necesito? Vaqueros, camiseta y zapatillas cómodas. Hay que ir discreto, no llamar la atención. Pobre de mí que creía que iba a pasar desapercibido. Mochila con: guía, mapa, protección solar, agua, fruta, cámara de fotos y bañador. Pobre de mí que creía poder bañarme.

30 minutos de taxi, 60.000 rupias (5€). Al llegar, el conductor me pregunta esforzándose con el inglés que si quiero que me acompañe. Respondo que no agradecido, pero pensando que no lo había entendido bien. Ahora se que sí. 200 metros más adelante está la plaza Taman Fatahillah rodeada de museos que es lo que voy buscando.

Bajo del flamante Mercedes-taxi que me recoge recoge en el hotel. Nunca había visto tantas cosas nuevas en tan pocos metros, y no precisamente agradables. Primera pregunta que me lanza mi sentido común: ¿de verdad esto es seguro? Se me tensa el rostro. Hago como si no pasara nada y ando decidido, pienso que si no puedo parecer despistado y ser carne de cañón. Nuevamente estaba equivocado. Los pobres, tirados en el suelo, me sonríen al cruzar la mirada, pero no soy capaz más que de hacer un pequeño gesto tímido con la mano. No consigo relajarme. Calor húmedo, incómodo y agobiante. Unos policías tumbados a la sombra de su camioneta me miran al pasar. Todo el mundo me mira al pasar. Me saludan al grito de -”halo Mister!”. Los chicos se juntan y se ríen señalándome. Un grupo me persigue, hasta que uno se decide a pedirme permiso para hacerse una foto conmigo, me niego pensando que son carteristas. Me piden disculpas, agachan la cabeza y se retiran respetuosamente. ¿Habré hecho lo correcto? Quién sabe... No me cruzo con ningún occidental. Puede que no los haya en kilómetros a la redonda.





Y llego a la plaza. Con la intención de mezclarme y desviar la atención me retiro a un lado para tirarme al suelo como ellos y echarle un vistazo a la guía pues por más que leo los nombres no consigo memorizarlos. Duro pocos segundos, el fuerte olor a orina que desprende la piedra del suelo en el que me siento hacen que me levante. A ellos parece darles igual, quizás ni lo huelan.



Una torre campanario recortada que no logro saber qué representa preside la plaza desde el centro. Rodeada de edificios en ruinas que no han sido restaurados desde la salida de los colonizadores. Esos son los museos. Entro en el principal que era el antiguo ayuntamiento de la ciudad (2.000 rupias). Nada que destacar en su interior deteriorado con paredes blancas de yeso que se caen a pedazos.




Decido dejarme de museos y dar un paseo hasta el puerto para allí ver el mar que siempre echamos de menos los malagueños. Tras andar durante 30 minutos adentrándome sin quererlo en un suburbio de talleres, donde fabrican todo tipo de instrumentos. Ellos, artesanos, trabajan en el suelo bajo la densa contaminación de los combustibles. Con la brisa viene un hedor que proviene de una acequia en la que arrojan todo tipo de desechos. Algunos duermen en las sombras, parecen cadáveres.



Mi sentido común me vuelve a detener, en ese justo momento diviso lo que parecen unos barcos y arranco de nuevo. Nada de paraísos. Una ría contaminada con barcos inmensos que por su estado cuesta creer que se mantengan a flote. En ellos es por donde entra todo el pescado que alimenta a la ciudad, solo a la parte que se lo puede permitir, claro.


Contrariado y mentálmente exhausto decido volver al hotel donde recuperarme. No me creía que una ciudad como esta pudiera tener a 8 de los 14 millones de personas sumidos en la más mísera pobreza.
Es al deshacer mi camino cuando recapacito un poco. Si yo estuviera en su situación y viera a una criatura como yo, no creo que reaccionara como ellos, dedicados a lo suyo y saludándome al pasar al grito de: -”halo Mister!”.

jueves, 2 de junio de 2011

Yakarta, Indonesia


Indonesia ha sido lugar de colonizaciones. Primero llegaron los comerciantes musulmanes camino de China e introdujeron el Islam. Después los afamados cristianos marineros Portugueses que fueron expulsados por los Holandeses mejor armados y resueltos pretendiendo monopolizar el comercio con Asia. Tras siglos de sumisión surgieron los primeros nacionalistas, precisamente con la llegada de la flexibilidad holandesa al darse cuenta de los problemas y necesidades del pueblo indonesio. Con la rendición de Japón que dio por concluida la II Guerra Mundial llegó la declaración de independencia de Indonesia. La historia de este país es un vaivén de inmigrantes e inversores, de exterminios y reconciliaciones, de contratos y traiciones, de vencedores y vencidos. Pero lo más sorprendente es cómo más de diecisiete mil islas, con sus 739 lenguas y culturas diferentes, se convirtieron en nación. De esto hace menos de un siglo.


En la actualidad su población se estima alrededor de los 250 millones de personas siendo la cuarta nación más poblada del mundo. La religión predominante es el islam seguida del cristianismo, el hinduismo y el budismo.

La capital de este país-república es Yakarta. Está situada en una isla que recibe el nombre de Java, donde se concentra la mayoría de la población. Se trata de una de las mayores megalópolis del mundo donde el cemento recorre casi la totalidad de las decenas de kilómetros que la contienen. Es muy difícil enamorarse de Yakarta. Nada de parques, nada de espacios abiertos. Las chabolas sobreviven entre los rascacielos quedando tejidos por un hilo de coches y motos infinito. Esto es un grave problema. Atascos eternos, conductores locos, motoristas más locos, contaminación y caos entre hoteles de lujo, rascacielos y centros comerciales inmensos. Aquí hay mucho dinero y muy poco repartido. Como dato curioso y del que las gentes del lugar se sienten orgullosas es que Barak Obama, el presidente de EEUU, residió y acudió a un escuela estatal durante 4 años en la capital indonesa.

No he tenido mucho tiempo de experimentar aún la ciudad, pronto podré contar mi visión al respecto. Las medidas de seguridad aquí son excepcionales. Hay perímetros de seguridad en torno a los rascacielos de oficina y los hoteles. Para que os hagáis un idea estos consisten en control anti-bombas del vehículo para acceder al perímetro controlado y una vez dentro, para entrar al edificio, hay que pasar un control como el de los aeropuertos en el que tu maletín es escaneado y tú pasas el control anti-metales pertinente. Son medidas consecuentes después de recientes atentados terroristas islámicos contra intereses extranjeros en el país.

Todos los días de camino a la oficina me echo las manos a la cabeza dos o tres veces y no está lejos. Hoy, por ejemplo, nada más salir a la carretera que va junto a unas vías de tren nos hemos cruzado un tren con la gente que viene desde el extraradio a la ciudad y cuando me estaba fijando en su aspecto ruinoso, veo que no tiene puertas ni ventanas, que está abarrotado de viajeros y que decenas de cuerpos extremadamente delgados viajan agazapados en el techo. Si, habéis leido bien, en el techo... Esta reacción de incredulidad es normal para los que venimos de otros mundos en los que a la vida se le da muchas más importancia.
El clima es ecuatorial; caluroso y extremadamente húmedo. A los pocos metros de paseo la camisa te abraza y la gota te cae por la frente.

Me ha llamado la atención algunos detalles importantes que cuidar para conservar las buenas formas, es decir, todo aquello que te van diciendo tus padres desde que andar ya no lo consideran algo excepcional hasta que te tan por imposible. Nunca debe entregarse algo a alguien solo con una mano, para mostrar respeto conviene usar ambas. Estar de pie con los brazos en jarra se considera agresivo, y sentarse con las puntas de los pies hacia alguien es una falta de respeto. Yo, como las cruzo como las mujeres no tengo problema con este último punto, pero los otros dos me están costando un poco más. Aún así en los centros turísticos como hoteles y centros comerciales todas estas formas se ven extrañas pero se toleran.



Me despido, lihat anda segera! (hasta pronto)